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La “apropiación” del Peronismo

Por Carlos Caramello @caramellocumpa (*)“Si no puedes vencerlos, únete a ellos”, reza un viejo refrán de origen incierto que, aplicado al peronismo, hoy bien podría convertirse en “si no puedes vencerlos, intenta comprarlos”. La idea -que no es nueva-, está mas cerca que nunca de ser llevada a la práctica gracias a la defección de importantes dirigentes ante el avance de políticas de neto corte liberal que han impactado negativamente en el Pueblo. Esto, sumado a la liviandad con la que se tratan temas como la identidad, la doctrina, los valores y, claro, las internas, hacen que el Movimiento empiece a tambalear. Si a ese temblor le agregamos el estado de mudanza que evidencia la construcción de todos los espacios políticos tradicionales, uno puede inferir que el Peronismo fluye hacia un nuevo estadío que, tal vez, configure un Tercer Movimiento Histórico lo que, de hecho, podría decretar el fin del Justicialismo, al menos tal como lo conocemos desde 1945.

Que La Historia nos Juzgue

No es de ahora, claro. Desde su constitución, el peronismo padece enemigos internos y externos. No por nada, Evita cuidaba tan celosamente al General y lo advertía, a menudo, sobre personajes que acechaban el poder de Perón. El caso más recordado, seguramente, es el de Mercante que ambicionaba legítimamente transformarse en el “heredero” desde la gobernación de la Provincia de Buenos Aires. No era, Mercante, un traidor. Para nada. Pero si un hombre con ambiciones que se creía en todo el derecho de apropiarse del peronismo. Enfrente de él, y de Perón, estaba Braden, que entendía que más que apropiarse, había que destruir a ese flamante movimiento populista que representaba a la masa… y, que además de representarla, le cumplía “los deseos” (Braden jamás hubiese podido pensar que, en realidad eran derechos). Cuando lograron derrocar a Perón, prohibieron su nombre y los símbolos que significaban ese nombre y esa idea pero el pueblo se puso un nomeolvides en el pecho para gritar, en silencio, que era básicamente peronista, y ese Pueblo militó, y resistió, y luchó -Luche y Vuelve- y trajo de nuevo a Perón… Y los que lo habían desafiado tuvieron que irse al mazo, por decirlo de manera elegante. Los enemigos de siempre tuvieron, entonces, otra idea: como no había manera prohibirlo, había que exterminarlo… y bueno, el terrorismo de Estado puso su marca de horror en la Argentina. En aquellos días sombríos, el Almirante Emilio Eduardo Massera tuvo un sueño húmedo: la construcción de un Tercer Movimiento Histórico. Claro, como decía Monroy, uno de sus operadores político, “El Negro es un tipo pintón, con buen discurso, además… es almirante”. Almirante, “El Almirante Cero” (así se lo nombraba). El que en aras de ese objetivo se reunió en París con un sector de Montoneros, mientras masacraba compañeros en la ESMA… y sin embargo, un renombrado armador peronista lo visitó en la Fragata Sarmiento e intentó guiarlo en la empresa… una empresa que fracasó antes de remontar vuelo: acaso porque no era aviador, aunque alguna vez comandó el bombardeo aéreo a la Plaza de Mayo.

Peronismo sin peronistas

Volvió la democracia y Alfonsín, que había le pedido a David Rato “una campaña peronista” convencido que las mujeres peronistas lo iban a votar (y fue así), también patinó en la idea del Tercer Movimiento Histórico, aunque nunca estuvo en su ánimo la destrucción del peronismo. Los poderes fácticos lo comprendieron antes que nadie: de ese gallego cabrón no iban a sacar nada y, por primera vez, cambiaron las armas por los medios de comunicación para golpearlo y golpearlo hasta que renunció (o lo voltearon, vaya a saber). Y volvió el peronismo… de Menem. O, mejor expresado, el Menemismo que era algo parecido al peronismo pero sin tanto Estado y si tanto combate al Capital y, claro, sin tanto peronista. Sin embargo, seguía teniendo al Pueblo. Por eso, probablemente, la burguesía industrial y terrateniente creyó ver en el riojano y su carisma, la mejor herramienta para penetrar al peronismo y cooptarlo desde dentro, y puso, en esta empresa, las armas que creyó mas eficaces (alguna con formas femeninas como María Julia Alsogaray; otras con color verde dólar, como el Fondo Monetario Internacional). Pero el “títere riojano” era demasiado político, y demasiado ladino para el gusto de los que siempre quisieron que el peronismo desapareciera. Y demasiado… independiente. Tanto que lo mejor fue meterlo preso. En esos días nació la idea de un presidente propio y comenzó la “construcción” de Mauricio, tarea a la que se avocaron varios ministros del Gabinete de Menem que fueron largamente recompensados por viajar a Punta del Este y “entrenar” a la joven promesa. Detrás del operativo aparecía la cabeza colorada de Francisco De Narváez, que años más tarde, sería cercenada por su “creación”… políticamente hablando, claro. El training duró años hasta que cuajó en la Jefatura de Gobierno de CABA. Macri quiso hacerse el peronista pero eso resultaba difícil, sobre todo con una papa en la boca. No obstante, se pudo robar alguno que otro dirigente: Ritondo, Santilli, el propio Monzó, que no era un cuadro de primera línea pero si un peronista pensante. Ahí, probablemente, nació la idea de “si no puedes vencerlos, trata de comprarlos”. Porque, como nunca, se hizo evidente que una parte de la dirigencia estaba dispuesta a “entregar” al Movimiento. Por unos mango, claro.

La Hora de la Alianza

Las elecciones de 1999 son otro “terremoto interno” del peronismo (o mejor dicho de los dos peronismos evidentes: el de todo el país y el de la Provincia de Buenos Aires. Una pelea de líderes de la manada, pero sin cornamentas… o más o menos). Si entre hermanos se pelean, dice el Martín Fierro… llega la Alianza, un nuevo intento del establishment: esta vez, de correr al peronismo por izquierda poniendo al Chacho Álvarez en la fórmula presidencial. Pero el elegido, que estaba más para el análisis político en la revista Unidos que para la toma de decisiones político-administrativas, defeccionó, renunció y dejó De la Rúa más solo y confundido que vegano en un asado (la Política es cruel, sobre todo cuando no hay política). Fue cuando el aburrido se tomó el helicóptero y los “mercaderes de peronistas” encontraron un socio apto: Eduardo Duhalde, que hizo un “pacto de caballeros” con Clarín y le dio la Ley de Empresas Culturales a cambio de protección mediática. Sin embargo fue lo máximo que iba a darles, porque, en esa suerte de imperio romano vernáculo que algunos llaman Conurbano, “Tachuela” había construido una maquinaria infernal que lo excedía: el peronismo de la Provincia de Buenos Aires, que no sólo no premiaba la lealtad sino que pagaba (y bien) la traición.

Y dale con el Peronismo

Así llegan las elecciones de 2003, cuando reaparece en las calenturientas mentes de los gorilas de ley, el sueño de derrocar al peronismo en las urnas a través de la figura de López Murphy. Pero, como en toda Ley de Murphy, el candidato se asusta ante la posibilidad de ser presidente, dice públicamente un par de estupideces, preanuncia el ajuste y se cae en las encuestas como calzoncillo sin elástico. En ese momento (a pocos días de los comicios) ya era tarde para volcar los esfuerzos a una emergente Elisa Carrió que todavía no había mostrado sus capacidades de daño ni el nivel de sacrificio que estaba dispuesta a hacer sólo para asistir al siempre anunciado fin del Peronismo. A la gran final (si es un lector culto, léase ballotage) van dos peronistas y ninguno les queda cómodo, a pesar de las promesas de campaña que les había hecho Menem a través de su candidato a Ministro de Economía, el por entonces joven Melconian, y… vuelta la burra al trigo: llega Néstor Kirchner que empieza a hacer peronismo del mejor en el momento mismo de asumir el cargo. Y otra vez la necesidad (ahora imperiosa) de “expropiar” o “comprar” al peronismo. Del seno del propio gobierno (de dónde si no) se hace la luz; Sergio Massa, ex UCD devenido peronista, habitué de la Embajada, quejoso del trato que recibía por parte de Kirchner, gran esperanza blanca de los poderes fácticos aparece como la nueva herramienta idónea para la apropiación. Mucha plata puesta en marketing, un perfil de encantador de serpientes y 10 años de gobierno kirchnerista (más alguna mala decisión en el armado de listas), llevan a Massa a una victoria pírrica en 2013 en la Provincia de Buenos Aires: logra “calotearse” algunos votos y a un par de viejos referentes “justicialoides” como Felipe Solá, pero a costa de mostrar su juego y sus miserias… además de su absoluta ineficacia a la hora de cerrar el negocio. Los ojos de la burguesía anarco financiera vuelven sobre su proyecto primigenio: Mauricio Macri, que gana las elecciones de 2015, pero como en el juego de la oca, no consigue avanzar sobre el peronismo… más bien retrocede varios casilleros.

Noche de PASO y algo más

Jugadas las PASO, a unas pocos semanas de las elecciones de medio término (primer prueba de legitimación del gobierno de Cambiemos) Macri huele bastante a “víctima propiciatoria” para cumplir con los intereses de los mismos que lo llevaron al poder. Les ha dado mucho (casi todo), incluso les ha conseguido el sello de la UCR, pero no les ha traído al peronismo. Algunos dirigentes sí, pero no al peronismo. Y seguramente ya no podrá otorgárselos. Tampoco Massa, que vuelve a salir tercero, y pierde más votos de los previstos (lo que permite prever que, los que no esté demasiado contaminados, seguramente tratarán de volver al redil, porque siempre agachar la cabeza es mejor que el llano). Pero ahí está Florencio Randazzo, la nueva herramienta, cuyas intenciones de convertirse en el modelo Massa 2017 quedaron claras cuando en 2015 rechazó el convite a ser Gobernador: se entrenaba para traicionar… O casi. A pesar de lo exiguo de sus resultados (menos de 6 puntos en las PASO), Randazzo se mantiene incólume. Cerró su noche del domingo (nefasta por los guarismos) con una impostada sonrisa y la promesa: “Venimos a poner de pie al peronismo”. Y aunque se lo notaba más apagado de lo que su exhibición de dentadura pretendía, reconociendo (convalidando) el triunfo del Cambiemos a una hora donde no había ni tendencia, dijo que agradecía a “los más de 600 mil bonaerenses que confiaron en nosotros” y se proclamó “una opción para reconstruir al peronismo“. Una pantomima. Una salva de cebitas. Pero, el ahora habitué de TN y otros medios de la corporación, trataba de anclar con ese gesto, su “posesión” del peronismo.

Dame un sello, nada más que un sello

En 2015 la UCR (en realidad la parte más corrupta de su dirigencia y algún que otro dirigente digno pero ciegamente antiperonista) tiró las mejores tradiciones de un partido nacional, popular y centenario “por la canaleta del odio y la mentira” haciendo de un grupo de republicanos, una piara de tiranos. Las elecciones de 2017 y 2019 pueden hacer que el sello del Partido Justicialista corra una suerte similar. La evidente aparición de emisarios del grupo Clarín (que es algo sí como la nave insignia de los poderes que desesperan por apropiarse del peronismo) articulando la interna peronista preanuncia que el ataque va a ser aún más feroz (si esto fuese posible). Revisemos lo evidente: todos los contendientes hablaban y siguen haciéndolo de la “necesidad de frenar” a Cristina Kirchner; todos los contendientes, voceros, amigos y entenados (salvo los de la Unidad Ciudadana) se pasean por los programas de los canales del poder fáctico culpando a Cristina de falta de… lo que se les pueda ocurrir; casi todos los periodistas que militan en los medios concentrados se ocupan básicamente de denunciar la corrupción de los gobiernos kirchneristas e incluso alguno/a se ha incorporado como candidato/a en las listas de quienes se obsesionan por cumplirle el deseo a los “dueños de la argentina” (espero que Majul no me denuncie por plagio). Pero sólo trabajan-piensan-sueñan con destrucción. Porque saben que nunca se van a poder “adueñar” de las verdaderas fuerzas nacionales y populares, del sentir del Pueblo… por eso sólo pueden intentar eliminarlo. Y entre todos ellos, Florencio Randazzo, el pibe de Chivilcoy; el “yuppie” del peronismo (como se autodefinía cuando era diputado provincial allá por el año 2000 y usaba sacos amarillos); el que alguna vez, siendo ministro, supo subir un book fotográfico a las redes, él está allí, para entregar lo que no tiene, para darle-obsequiarle-venderle-canjearle a Clarín (que sólo es el House Organ de poderes mayores), ese peronismo sin Pueblo. Quedará, entonces, un sello vacío. Los 5 puntos y pico de las PASO se volverán ¿3?… ¿2… o menos? Y entonces, la gran pregunta: ¿para qué quieren el sello del PJ? Sencillo: antes el dinero era un camino al poder, hoy es a la inversa y, el poder, ES marketing: apropiación de símbolos, cuños, logos, imágenes útiles (necesarios) para confundir a una sociedad atontada por el popurrí de estímulos y la catarata informaciones. Muchos creen que esto no puede ocurrir pero hay un gran sector de ciudadanos desatentos (o atentos a otras cosas) que van a votar el sello, la iconografía partidaria, las siglas, los sones de la marcha: todo lo que refiere al peronismo aunque esté vaciado de peronismo. Lo van a hacer incluso contra sus propias convicciones y contra sus propios intereses. Atolondrados. Cegados. Sin siquiera mirar. Es la Posmodernidad… ¡estúpido! (*) Carlos Caramello es periodista, escritor, analista político y director de Teatro. Esta nota fue publicada en la revista Hamartia

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Mirá la entrevista completa realizada en los estudios de COOL HD:

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