#Lecturas Contra el progresismo siome

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Por Hernán Brienza (*) La mala costumbre de ser intolerante y creerse dueño de la verdad. Decálogo para no ser un descerebrado.

El término “siome” lo escuché por primera vez en la esquina de mi barrio, allá por los años ochenta. Lo utilizábamos en la barra de la esquina de Yatay y Lezica y como todo vocablo popular, lunfardo, de cofradía, no tenía definiciones muy precisas pero todos sabíamos a que nos referíamos. Derivación del sustantivo lunfardo “shiomería”, qué significa ordinario, berreta, de mala calidad, un Siome era alguien que reunía esas condiciones. Pero había algo más, generalmente, considerábamos que un Siome era aquel que, además, se la creía. No había peor acusación que la de decir de otro que era “un Siome que se la creía”. Esta nota no va en contra del progresismo, de la izquierda ni de ninguna postura política determinada, esta nota va en contra de la Shiomería en política.

3196_0001El martes a la noche, participé de un debate televisivo con Cynthia García en 678. Quiero aclarar que en ningún otro espacio televisivo podríamos haber discutido como lo hicimos allí. Y quiero decir que no he visto en ningún espacio político de la televisión opositora un debate con autocríticas sobre la misma oposición como el que se realizó en el programa de la TV Pública. Es decir, es posible debatir sobre los otros, criticar a los otros, pero ningún otro programa se animó a reflexionar sobre sus propias miserias y exponerlas con la libertad que lo hicimos en 678. Sin ir más lejos, TN desplazó a Ernesto Tenembaum y a Marcelo Zlotogwiazda -quien ahora, luego de haberme atacado furibundamanente por mi entrevista a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, se ve obligado a hacer entrevistas condescendientes al ministro de economía Axel Kicillof en la TV Pública y sentirse nervioso como un adolescente ante tamaño desafío- para poner al aire a los ultra opositor Carlos Pagni y los ultra duhaldistas Alfredo Leuco & son, en una demostración de que, más que democratizar y pluralizar la palabra, la concentra, la monopoliza aún más, la uniformiza.

Ni Cynthia García ni yo tenemos toda la razón por separado. Apenas, tenemos nuestras propias razones. Y las defendemos con pasión. Si alguien creyó que se trató de un River-Boca Kirchnerista estuvo viendo otro canal. Y el que cree que son posiciones irreconciliables piensa en absolutos. Y ya lo dijo Obi Wan Kenobi, maestro de los Jedis: “Pensar en absolutos es iniciar el camino al Lado Oscuro de la Fuerza”.

El “progresismo siome” es una patología del progresismo y de la izquierda. Consiste en gozar con ser una minoría, con la ubicación en lo alto de la torre de marfil para desde allí poder decirle a los demás lo que está bien y lo que está mal, en creer que es más importante las cuestiones estéticas propias que la acumulación política de mayorías. El “progre siome” se mira todo el tiempo al espejo mágico para que este le diga como a la madrastra de Blanca Nieves que es el más lindo, el más inteligente, el más revolucionario, el más intelectual, el de las mejores formas. Es una postura onanista que no respeta al pueblo ni a las mayorías y que prefiere a Juan Domingo Perón en el exilio, a Ernesto Guevara en el póster, a Néstor Kirchner bien muerto y estampillado, que a Perón tratando de pacificar lo impacificable, a Fidel Castro tratando de construir el socialismo posible o a Néstor y Cristina negociando y muñequeando el auto de la política en el barro de un camino dificultoso y escarpado.

El progresista siome es fundamentalmente un pequeño burgués que no termina de comprender al pueblo y que, en el fondo, le desconfía, lo considera impuro, promiscuo. Es pedante y soberbio, y como tal, prefiere gozar solo, derrotado, pero con el estandarte de su genialidad impoluto, que sentir el placer de formar parte de una marea humana. Le encanta “cantarle a la tropa solar que desfila a mil kilómetros del refrigerador” y, al mismo tiempo, sentir asco por la verdulera porque no vota lo que a él le gustaría que vote.

Claro que no habría ningún problema con el progre siome si llamara a silencio su ímpetu. Es más, casi todos los humanos tenemos algo de siomes en ese sentido. Todos sentimos en algún momento que el que no vota como nosotros es un descerebrado al que habría que prohibirle el voto. Todos llevamos dentro el “pinosolanismo” de creer que los demás no saben votar. El problema es cuando lo hacemos público, cuando accionamos en política desde ese desdén, ese desprecio hacia el otro.

La shiomería no es una cualidad privativa del progresista. La oposición también tiene al “gorila siome” como prototipo: es el que sostiene que los negros votan por los planes, que desfilan por el choripán, el que repite los lugares comunes de las denuncias de corrupción sin ningún dato, el que asegura que el principal mal de la Argentina es el Peronismo. E incluso el Peronismo tiene una patología similar. Se trata del berretismo del barbarismo antiintelectual, el “cabecismo” sobre actuado, el militante que se come las eses para parecerse a un pueblo que intenta poner todas las eses en su lugar, o que se hace el antiilustrado, se hace el cumbiero y habla del sentimiento peronista, despreciando incluso al propio pobre que lo único que quiere es escapar de su pobreza.

El progre siome, por ejemplo, cree que hay buenos y malos, inteligentes y estúpidos, honestos y corruptos, altruistas y egoístas. Cree en lo blanco y lo negro. Y él o ella está, obviamente, en la primera categoría de la dicotomía. Está seguro, además, que el rico es malo y el pobre bueno. Y que la política se divide entre los santos y los demonios. Así, es capaz de afirmar que los procesos revolucionarios de América Latina están conducidos por buena gente y que Perón, el Che, Fidel, Chávez, Néstor, Evo y Cristina son seres impolutos sin maldad y que hacen lo que hacen por una generosidad genética y/o divina que los convoca a hacer el bien y nada más que el bien. Claro, entonces, se vuelven locos cuando alguien sugiere que Perón era bastante manipulador, que el Che era violento por demás, que Néstor era un hábil negociante o que Cristina es excesivamente exigente con sus colaboradores. No se bancan los pliegues, no soportan la angustia de descubrir que el espejo de la madrastra de Blanca Nieves pueda mentirlos.

Yo dije que el voto peronista clásico y el voto kirchnerista era tan egoísta como el macrista. Y lo sostengo. Creo en la política de mayorías, porque soy mayoría. No formo parte de una elite estética ilustrada. Soy hijo del pueblo. Pertenezco económica, social y culturalmente a esa mayoría pobre y de clase media en la Argentina. No apoyo al gobierno por altruismo, porque soy desinteresado y genial. Lo hago por puro egoísmo personal y colectivo. Porque estoy convencido hasta la médula que lo mejor que le puede pasar a la mayoría a la que pertenezco es que gobierno el Peronismo y el Kirchnerismo por los siglos de los siglos. Yo no soy dogmático. Creo que la Ley de Medios favorece a la mayoría. Que la nacionalización de las AFJP favorece a mi madre, a mis tíos, a mis amigos, a mis vecinos. Que la nacionalización de los trenes, de los aviones, de YPF me beneficia a mí en tanto que integrante de una mayoría. Que las paritarias, el aguinaldo, las vacaciones, las obras sociales, el matrimonio igualitario, la intervención del Estado en beneficio de los trabajadores me favorece en tanto trabajador y en tanto mayoría.

Por estas razones es que entiendo, también, que hay minorías que no voten al Peronismo o al Kirchnerismo porque no son beneficiados por sus políticas. A gran parte del electorado porteño le ocurre esto: No necesita del Peronismo. Pero no es que sea más egoísta que el resto. Simplemente, que las medidas que favorecen a las mayorías no los benefician a ellos. El voto, obviamente, nunca es puro. Siempre se mezcla algo de altruismo con algo de egoísmo. Pero el que dice que vota sólo por altruismo y generosidad es un siome que se cree un boy scouts.

Yo no soy un boy scouts. No pienso ni actúo en política desde la torre de marfil. Pido mil perdones por esta columna con excesiva autorreferencialidad, que me hace un poco siome, pero, esta vez, la considero necesaria. Por último, el que se cree más que los demás, deja de ser parte de su pueblo para convertirse en algún tipo de minoría. Esto no quiere decir que haya que hacer seguidismo demagógico o disfrazarse de pueblo. Basta con disentir con respeto. Yo no me considero un paladín de nada, apenas trato de interpretarme como parte de la mayoría a la que pertenezco y como dijo alguna vez, el imprescindible de John William Cooke, “nosotros somos peronistas, no somos caballeros”.

Muchas veces la realidad nos da bronca. Muchas veces no la entendemos. Muchas veces nos parece injusta. Lo peor que podemos hacer es enojarnos con la realidad… Eso hacen los dogmáticos…

Muchas veces tenemos razón. Toda la razón. Muchas veces tenemos la razón en parte. Muchas veces tenemos razón en algunas cosas y otras no. No es fácil ser infalible como el Papa. Los que creen tener siempre toda la razón son psicópatas.

Algunas ideas en un mismo discurso te pueden gustar y otras no. Algunas veces, una persona puede gustarte cómo piensa siempre. Otras, simplemente, la mayorías de la veces. De alguna persona pueden gustarte unas pocas cosas y otras muchas no… El que quiere que una persona le guste siempre todo el tiempo sufre de un infantilismo chupamediero.

Que no pienses como yo no te da derecho a insultarme o agredirme. Eso es de mediocre.

Que no pienses como Cynthia no te da derecho a insultarla o agredirla. Eso es de mediocre.

El que insulta o agrede al otro sin razón es un descerebrado.

(*) Periodista, historiador, columnista del diario Tiempo Argentino

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